Articulo Semanal 260412 (2)
AL PULPO
CAMIONERO DE AXEL GARCÍA Y SOCIOS, SÓLO LE QUEDA MODERARSE O MORIR
Aquiles
Córdova Morán
Secretario General del Movimiento
Antochista.
Creo que, a estas alturas, la opinión pública y las autoridades del
Estado de México relacionadas con el problema, están suficientemente informadas
de lo que ocurre en el ámbito del transporte público urbano de ese estado,
incluyendo la guerra mediática que han desatado en contra de “sus enemigos” los
jefes del pulpo camionero que encabeza el señor Axel García y socios, cuya
única importancia verdadera reside, no en la calidad de sus “argumentos” ni en
la veracidad de sus acusaciones, sino en su lenguaje agresivo y virulento que es
claro “aviso previo” de que el paso siguiente será el atentado directo en contra de la integridad física y la vida
misma de sus adversarios. Y naturalmente que todo mundo está enterado, también,
de la respuesta que los agredidos y amenazados, entre ellos la fuerza popular y
los dirigentes históricos del Movimiento Antorchista mexiquense, se han visto
obligados a instrumentar en uso de su derecho a la legítima defensa.
Teniendo en mente sobre todo esto último, considero innecesario insistir
en la refutación de los ataques, calumnias, injurias y amenazas de los zares
del transporte urbano mexiquense, o meterme a demostrar la total falta de
respaldo fehaciente de sus incriminaciones irresponsables, cosa que ya han
hecho sobradamente mis compañeros. No obstante, creo mi deber ineludible hacer
pública mi solidaridad personal, y la del antorchismo nacional que represento,
con los antorchistas del Estado de México, hoy tan gravemente amenazados e
impunemente injuriados por el poderoso “gang”
de Axel García y sus padrinos (y socios) políticos, y en particular con quienes
corren el peligro mayor: la diputada Maricela Serrano Hernández y el biólogo
Jesús Tolentino Román Bojórquez, ambos corazón y cerebro del antorchismo
mexiquense. Trataré de cumplir mi propósito de la manera más racional que la
situación me permita, y daré mi punto de vista sobre el problema en los
términos más desapasionados, objetivos y veraces a mi alcance, buscando
hacerlos entendibles y atendibles por el Gobernador del estado, sus funcionarios
y la ciudadanía afectada por la violenta
arremetida del pulpo camionero.
Creo sinceramente que la guerra de liquidación emprendida por el
referido “gang” en contra de sus
propios trabajadores insumisos, de Antorcha, de sus líderes y de sus
competidores de Zumpango, está irremediablemente condenada al fracaso, aun en
el nada deseable caso de que se decidieran, en un arranque de desesperación
suicida, a eliminar físicamente a quienes acusan arbitrariamente de sus
problemas. Y eso por dos razones esenciales y, a mi juicio, irrebatibles. La primera es la equivocación rotunda de pensar que el
descontento y el progresivo desmoronamiento de su otrora monolítico e
inexpugnable imperio camionero, es el resultado de la labor de zapa que vienen
haciendo en su contra “gentes extrañas” a sus dominios, es decir, en culpar de
todo, ya sea a un grupo rival que anhela quedarse como dueño absoluto del
negocio; ya sea a la “ambición política” de los antorchistas, que andarían
buscando acrecentar su membresía mediante el recurso de “robarle las gallinas”;
o ya sea, finalmente, a la acción combinada de ambos “enemigos”. Y es fácil
comprobar tan garrafal error de apreciación: bastaría preguntarse dónde, cuándo
y cómo, esos “enemigos” se han podido introducir en sus dominios para echarle
la gente encima; dónde, cuándo y quién ha visto a Tolentino, a Maricela o a
cualquier dirigente antorchista, arengar a su gente incitándola a rebelarse en
contra del monopolio que los ahoga. La respuesta obvia es que eso no ha ocurrido
nunca, en ningún lugar y de ninguna manera; que, por tanto, no hay más
alternativa que aceptar que las causas del descontento son de carácter
intrínseco, son la consecuencia natural e inevitable de los abusos de todo tipo
(legal, personal, laboral, económico, etc.) a que desde siempre han tenido
sometidos a los verdaderos prestadores del servicio, a los trabajadores del
volante. En pocas palabras: que los únicos y verdaderos culpables del problema
son los mismos dueños (y casi exclusivos beneficiarios) del monopolio, que no
se han dado cuenta de que el país está cambiando, de que la nación está en
efervescencia y exige mejor trato y mejores condiciones de vida para las
mayorías trabajadoras. Si, en vez de andar buscando chivos expiatorios, esos
señores comenzaran por revisar y recortarse su propio rabo, ya demasiado largo,
estarían en el camino de modernizar su negocio y darle a su liderazgo la
estabilidad reclamada por las actuales circunstancias. Deberían saber que nunca
fue solución para ningún problema, grande o pequeño, el recurso, fácil pero
tonto, de echar las culpas propias sobre espaldas ajenas.
La segunda razón es de carácter estructural. Sucede que nuestra
economía, firme creyente y más firme practicante aún del libre mercado,
obediente por tanto a la “ley” de la “utilidad marginal” para determinar los
“precios de equilibrio” de bienes y servicios, exige como condición
indispensable para bien funcionar que los compradores, al elegir sus
preferencias, obedezcan sólo a su propia voluntad, libre y soberanamente
ejercida, sin ninguna influencia externa que la distorsione, y que la oferta se
integre con satisfactores que compitan entre sí en igualdad de condiciones, es
decir, reclama como imprescindible la llamada “competencia perfecta”. Esto
excluye, por principio, al monopolio. Es verdad que la competencia perfecta no
se da en ninguna parte del planeta; pero es cierto también que las economías
más desarrolladas han definido con precisión dónde, en qué ramas de la
actividad económica y por qué razones resulta posible, y a veces necesario,
tolerar un monopolio. Y en un mundo de tan precarios equilibrios políticos como
el nuestro, donde la paz y la estabilidad de los países se mantiene a duras
penas a la vista de la manifiesta incapacidad del “modelo” para distribuir,
“por sí mismo” y de manera equitativa, la renta nacional, los monopolios en
actividades cuyos bienes y servicios sean de consumo masivo no pueden ser
objeto de la tolerancia mencionada. Un monopolio que encarezca artificialmente
los satisfactores populares, es más subversivo y peligroso en nuestros días que
todos los discursos radicales en contra del capital, e, incluso, que la propia
guerrilla.
Y uno de tales satisfactores es, justamente, el transporte público. Por
eso, el pulpo de Axel García y socios está condenado; y no por Antorcha ni por
los transportistas de Zumpango, sino por su incompatibilidad absoluta con la
modernización económica del país. Su disyuntiva de hierro es renovarse,
moderarse o morir; y si hoy el Dr. Eruviel Ávila no lo ve así, el futuro
presidente sí tendrá que encarar el reto si quiere hacer de México un país
moderno, productivo, equitativo y triunfador. Tales metas se excluyen
radicalmente con dinosaurios económicos y políticos como el pulpo camionero de
Axel García y socios, y habrá que elegir entre éstos y la ruta de progreso que
el país reclama.

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